Cierto, la vida se hace en momentos…


Blog escrito por: Laura de Lunne

Enero 1° 2013

TERCER ESCRITO:

Somos la única chispa de luz, con vida propia, avancemos sin temor,

Hasta mañana!


viernes, 15 de marzo de 2013

ZAPATOS DE CHAROL CON POLAINAS, SOMBRERO DE BOMBÍN Y BASTÓN





PAPÁ
Capítulo IV, Tercera y última Parte

Poco más queda para hablar de papá; ahora que finalmente lo he recordado se va la remembranza a ocupar tranquilamente un lugar en el cofre dorado de mis recuerdos.
He de agradecerle la libertad en que crecí con su apoyo, aunque hubiera sido en ocasiones lejano. No obstante yo acerqué los caminos, fui a verle al pueblo de  Barroterán en donde era maquinista del Ferrocarril -en esa época de mis casi quince años-, para decirle que quería estudiar una carrera. Estuve haciendo junto a él, el recorrido de su trayecto en su cuidada máquina (aunque no era permitido) y de esa platica también obtuve la audacia y fuerza para realizar mis sueños, porque me dijo  “si Colón atravesó el mar” porque no vas a poder tú hija, irte a estudiar a Saltillo? Yo te apoyaré mientras viva.
Durante siete años viajé en tren, de mi pueblo a la capital del estado para ir a mi Universidad  y viceversa. Era mi forma de vida, mi contacto común  todo lo relativo al ferrocarril.
Las “corridas del tren” -como se llamaban a los trayectos que estaban determinados en las líneas del ferrocarril- en que papá trabajó fueron dos de las más importantes a nivel nacional, las de Piedras Negras-Saltillo y Saltillo-San Luis Potosí. Para viajar como pasajero de Saltillo a San Luis había dos trenes; el “pollero” (no recuerdo el nombre) que salía a media mañana y llegaba a primeras horas de la noche y el Águila Azteca que venía de Laredo rumbo al Distrito Federal y que abordábamos en Saltillo alrededor de la una de la madrugada, lo cual era fatal para mí por la desvelada.
El Maquinista del tren y el Conductor del mismo, eran los jefes máximos de dicho medio de transporte. A veces oía discutir-platicando a papá y mis tres hermanos  todos ferrocarrileros, quién realmente era el jefe del tren; papa me lo explicó así: el Conductor dirige el movimiento del tren (de pasajeros) pero el maquinista es quien echa a andar o no la máquina y lo lleva por su camino, con el cuidado y protección que se requiere, porque aunque el tren tiene sus propias vías y no puede salirse de ellas, hay automovilistas o camioneros que ignoran las señales de los cruceros y es cuando el maquinista debe ir muy alerta. Luego, finalmente con la cabeza girada a un lado me dijo, el jefe del tren es el conductor. Todavía me gusta recordar, que aun haciendo un esfuerzo, me dijo la verdad.
Sí, papá era el maquinista del tren; desde aquel “pasa-carbón” de la máquina de vapor llegó al cargo más alto en el área de transporte que un trabajador llegaba en su época. Lo logró en base a los estudios que realizó para aprender el manejo y cuidado de la compleja máquina diésel, conocimientos que pocos adquirían.  Y desde tener dos mudas de ropa en sus inicios como trabajador del nivel básico, llegó a la elegancia con que vestía en San Luis Potosí  -cuando ya era maquinista del ferrocarril-, donde vivió la Familia por más de diez años.
Sombrero de bombín, zapatos de charol con polainas,  bastón,  mancuernillas y fistol a juego. Fue la época de lectura también,  de aquellos poemas famosos como “GLORIA”, del poeta Salvador Días Mirón que me recitó de memoria mientras conducía su máquina diésel en los caminos de Barroterán, Coahuila:
No intentes convencerme de torpeza
con los delirios de tu mente loca:
mi razón es al par luz y firmeza,
firmeza y luz como el cristal de roca.
... .
A través de este vórtice que crispa,
y ávido de brillar, vuelo o me arrastro,
oruga enamorada de una chispa
o águila seducida por un astro.
… .
¡Deja que me persigan los abyectos!
¡Quiero atraer la envidia aunque me abrume!
La flor en que se posan los insectos
es rica de matiz y de perfume.
… .
¡Depón el ceño y que tu voz me arrulle!
¡Consuela el corazón del que te ama!
Dios dijo al agua del torrente: ¡bulle!;
y al lirio de la margen: ¡embalsama!

¡Confórmate, mujer! Hemos venido
a este valle de lágrimas que abate,
tú, como la paloma, para el nido,
y yo, como el león, para el combate.

Ese fue papá, q.e.p.d.

viernes, 8 de marzo de 2013

“DE TORREÓN A LERDO”



 
Capítulo IV, Segunda Parte

Una mañana que caminé con papá por el pueblo, pasamos por una cantina que estaba en la esquina de Juárez con calle Presidente Carranza y abrió las puertitas batientes y  me llevo de la mano hasta el mostrador del bar diciéndome que no mirara a los cuadros de las mujeres desnudas que había en la cantina (y que no era nada malo, porque el cuerpo humano era bello), y ahí me mostró en lo alto de la pared detrás de la barra, una perforación, y dijo que él la había hecho con su 45, una tarde que festejaba algo con amigos y escuchó “De Torreón a Lerdo”.

Pidió una cerveza y un refresco para mí, ante las protestas del barman que decía que no debía estar ahí una niñita; yo me sentía grande e importante sentada ante la barra de aquel bar; además papá decía que una cerveza se tomaba más a gusto ahí que en casa porque ahí había donde poner “la patita”, sobre una barra metálica que se encontraba en la parte baja, y aunque yo no alcanzaba desde aquellos bancos tan grandes de madera, sí disfrutaba de esa platica de igual a igual ( o de casi-igual según me creía en ese momento).

No fue el único lugar al que fuimos, llegamos con el “peluquero” y ¡ála! me sentó en la silla de la peluquería de asiento rojo y brazos metálicos brillantes y le dijo a Don Isaías, córtale el pelo a la niña, y se salió a la puerta a platicar con alguien. El barbero salió tras él, algo angustiado diciéndole, oye Tadeo no me dejes ahí a la niña, yo soy peluquero no estilista! Y yo? Callada y seria por supuesto! ¿Cómo iba yo a decirle algo a mi “papá-amigo” con el que andaba de “parranda”? Tuve que esperar más de 3 meses a que me creciera el pelo como niña…

Sí, lo conocí y conviví con él, en momentos de calidad más que de cantidad, como ahora lo puedo ver. Y disfruté también de ver el respeto con el que se trataban mi madre y mi padre. Ella era “Lala” para él y mi madre lo llamaba “Don Tadeo” y el último deseo de mi Padre fue que lo llevaran a su casa, con Lala, donde ella lo veló sentada a un lado de su féretro toda esa noche.

Seguro que papá tubo defectos, pero en este recorrido que hago por mi vida, en el privilegio de estarla re-viviendo y re-encontrándome, me doy cuenta que lo que pudo ser amargo, como no verle a diario, se ha convertido ahora en el conocimiento de “así es la vida” y “esto es lo que hubo”. Fue vida, me quedo con los buenos recuerdos que me impulsan a caminar esta tercera parte de vida que he iniciado y ¡adelante!, aprendiendo ahora de las enseñanzas, consejos y comentarios de Carlos Manuel,  Laura Gabriela, Susy, Alejandra,  Lupita, la tocaya Carmen, Lolina, Carlos y más personas que comentan mis escritos.






sábado, 2 de marzo de 2013

PAPÁ






Capítulo IV


Papá se fue de casa dos meses antes de que yo naciera.

Creo que cuando uno no tiene padre, busca uno, trata de encontrarlo o al menos, ver como es un padre; yo vi en una ocasión a un padre bueno, el papá de Rita, una noche que se me hizo tarde jugando en su casa vi al papá que se acostó en una cama de las que se ponían afuera de la casa en verano para dormir y a su lado se acostaron los dos hermanitos de Rita, la mamá y luego ella brincó a la cama y se acostó con todos ellos; los vi y me quedé como si viera el nacimiento del niño Jesús con árbol, esferas y luces de colores incluidos… era maravilloso, era un papá con hijos. Repentinamente la madre de ellos me vio y en tono enojoso me dijo, y tú que haces ahí parada? Vete a tu casa, ya es muy tarde; le contesté  que Rita me había dejado quedarme ahí viendo, porque me gustaba ver a un papá con sus hijos, y en ese momento Rita  me decía que me sentara en la orilla de la cama porque el padre iba a platicarles un cuento, pero la madre me sacó de la casa.

Cuando ese papá murió, le llevé todas las flores de jazmín que había en las macetas de mamá, formando un pequeño ramito de 6 o 7 jazmines, pero la madre de Rita, esposa de aquel señor, las quitó de su ataúd en donde yo las había puesto en una pequeña copita de cristal y las tiró al piso, gritando que yo siempre lo había querido… cierto, apenas tenía 12 años y todavía quería a aquella figura de un papá… que no recuerdo ni como se llamaba.

Supe que mi papá fue un buen hombre, pero no sé qué significaba eso para mi madre que era quien me lo decía. Al parecer un buen hombre era aquel que nunca maltrató a su familia, que apoyó en sus estudios a sus hijos, que les proveyó de alimentos –excepto un corto período de tiempo en que los abandonó-, que era caritativo con los más pobres o más necesitados que él mismo.

Yo hubiera querido que fuera a dejarme a la Escuela, que lo hubiera esperado al regreso de su trabajo, que hubiera calentado las tortillas para que cenara, que hubiera ido a la esquina a comprarle una navaja de rasurar Gillette roja o una brillantina Jockey Club y en un momento de poco dinero, una de marca Palmolive incluso.

Pero no fue así, solo lo veía cada dos o tres meses cuando llegaba a casa con “un mosca” (aprendiz) a su lado ayudándole a cargar un “guajolote” vivo y dos redes de ixtle con verduras, futas, quesos y dulces Larin. Esos días que estaba en casa, ésta se miraba diferente. Estaba muy limpia desde la mañana, con mantel en la mesa para Don Tadeo, toalla limpia en el lavamanos y en general se notaba que algo vibraba ahí.

De las cosas que me dijo, que no recuerdo que hayan sido más de diez ocasiones en mi vida, recuerdo la referente a los dulces Larin, comentando que el costo de la bolsita equivalía a la posible compra de 5 bolsitas de dulces baratos, pero que era mejor saborear pocos buenos que muchos malos.

Se contaban cosas buenas de papá, como aquel invierno que regresó a casa sin su chaqueta/Maquinof, porque se la regaló a alguien que encontró en plena helada, durmiendo en la Estación del Ferrocarril en pura camisa.

Lo que me gustaba tanto a mí, era verlo darle cuerda a su reloj reglamentario de ferrocarrilero, siempre a la misma hora cada noche, pues decía que su vida y la de mucha gente dependían de la exactitud de sus relojes que marcaban la entrada y salida de los trenes, evitando así que pudieran chocar.

También me gustaba ver que regularmente miraba una enorme pala de metal, que estaba en casa, y decía que cuando él había sido “pasa-carbón” en la máquina de vapor del ferrocarril, vivió la etapa más dura de su vida y comentaba como debían alimentar el fuego de aquellas locomotoras que les quemaba el rostro al acercare a vaciar el mineral a su caldera y la diferencia después con la máquina diésel. Esa pala y un reloj de oro de bolsillo -reglamentario de los FFCC NdeM- los conservo en mi casa, al día de hoy.

Siguiente: De Piedras Negras a Saltillo y de Saltillo a San Luis Potosí

sábado, 23 de febrero de 2013

MI BARRIO


Capítulo III, Tercera y última Parte

Mi Barrio estaba en la calle Guerrero en la parte central de mi pueblo, hacia el Este se llegaba al arroyo y al Oeste con los rieles del Ferrocarril Saltillo-Piedras Negras que marcaban el inicio de “El otro lado” llamado actualmente La Occi.

De las casas de mi barrio, recuerdo la casa del naranjo, de la Familia Moncada, cuyo cancel era en  forma de arcos invertidos rematados con unas bolas de concreto y en las paredes de dicha barda se hallaban adheridas pequeñas piedras bola, esta casa me gustaba mucho y ahí comprábamos hojas del naranjo. El Sr. Moncada jugaba por las tardes al “Conquián” apostando 10 centavos en cada jugada y cuando una de mis hermanas quería ganar algo extra para ir al cine esa noche, iba a jugar con él, quien siempre o casi siempre perdía. Seguro que le importaba más la compañía.

La casa de Benjamín (con quien yo jugaba a correr a la esquina) vivían once hijos varones; ahí nos alquilaban el teléfono para llamadas que no debían pasar de 3 minutos. Más adelante, la casa de la esquina de la calle Guerrero y la Avenida Progreso, de la Sra. de la Tienda, quien entre las cosas asombrosas que tenía en su casa, contaba con un “aparato” hecho de algún material cerámico que contenía arena y cierto tipo de carbón  en su interior en el cual se vertía agua y en la parte baja de ese aparato, había una llave, por donde se extraía el agua filtrada. Vendía el vaso en 5 centavos.

A la vuelta de mi casa, estaba la Capilla del Sagrado Corazón de Jesús, La Casa de Dios para los creyentes, con flores frescas siempre, tanto por que las llevaban los novios que se casaban en la única Iglesia del Pueblo, como porque mi Madrina Raquel Guevara las tomaba de sus Adelfas que cultivaba en su casa, y de casas de los vecinos también. En el altar al lado de la imagen del Sagrado Corazón se encontraban dos ángeles de tamaño humano (que según recuerdo, hablaban conmigo, o eso creía) y en las paredes de los lados estatuas de la Virgen María y otros Santos. Los feligreses que no teníamos Banca a nuestro nombre debíamos sentarnos en la parte de atrás de la Iglesia, porque las Bancas de esta Capilla, de gruesa y fina madera pulida tenían en la parte superior derecha un pequeño recuadro sellado con vidrio en donde se leía el nombre de la Familia propietaria. Me parece que duraron así hasta alrededor de 1960. Fueron esos tiempos.

Frente a la Capilla estaba la Maderería; el hijo de la Señora Guerra, dueña de dicho negocio me regaló una vez el líquido de un termómetro que se le quebró y miraba asombrada los movimientos del metal líquido, lo colocó en un envase vacío de royal y me dijo que si lo guardaba iba a durar para siempre. Ese día creí que tenía un tesoro.

Enseguida estaba la casa de las margaritas sembradas en el jardín, en donde vivía un niño que no dejaba que los otros niños cortáramos flores, pero me dijo que si yo aceptaba ser su novia, permitiría que yo cortara flores; y como yo ya era grande, pues estaba en primero de kínder, acepté y entonces cortó una flor y me la trajo a la banqueta en donde me encontraba y me dijo que ya éramos novios.

Hubo dos casas maravillosas, una cuyos padres y sus cinco hijos regalaron ropa (cuando yo era una adolecente) a una Familia que vivía en el poblado de Sierra Mojada y que fueron a consultar al Dr. Rogelio por problemas de gripe y tos continua; el médico llamó a mi mamá y le pidió ayuda de las señoras que acudían a la Iglesia Católica para conseguir ropa para la familia, explicando que no estaban enfermos sino que no tenían con que abrigarse en un lugar tan frío. Esa familia que antes dije, les regalaron ropa a todos y meses después se fueron del pueblo, porque ganaron la Lotería.

 Y finalmente, la casa en contra esquina a la de la Señora de la Tienda; un vergel en el desierto, tenían una noria de pozo y cuando  una sola vez en mi vida entré a su huerto del enorme patio y vi los árboles de dátil, el cilantro, cebollitas, yerbas de olor y los banquitos de madera por el caminito del jardín, sentí por segundos que estaba en otro lugar. Recuerdo con gran cariño como la Familia García celebraba cada Navidad invitando a la gente -con las puertas abiertas de su casa-, para que entrara quien quisiera hacerlo y comíamos tamales y refresco, todos por igual, como ordenaba el Sr. García, quien comentaba que así honraba a la vida, por los dones que él recibía tan abundantes. Fue mi gran lección de humanidad, mi bello recuerdo de las casas de mi Barrio.






sábado, 16 de febrero de 2013

LA CASA DE MIS ABUELOS

TACIO Y LALA



La casa de mis Abuelos
Capítulo III, Segunda Parte

Mi madre me contaba historias de su padre, de la casa de mis abuelos Tacio Ramírez y Lala Hernández que era muy conocida en el pueblo, de cómo el abuelo al quedar inválido, sobrevivió escribiendo acrósticos y poemas de cumpleaños para los vecinos y amigos y leyéndoles el periódico bajo las sombras de los mezquites, y unos pocos huizaches con los que se cobijaban las casas de aquel pueblo, en aquellos días.

Supe tiempo después que también compartieron la venta de copitas de mezcal de frutas que el abuelo preparaba, con sus lecturas, la vida hay que sacarla adelante. No sé si nuestros ancestros debieran decirnos sus historias de vida, o si solo les pertenecen a ellos; quizás si hubiéramos conocido sus historias nuestras vidas fueran más reales, al menos la mía hubiera estado más equilibrada en esto que llamamos nuestra realidad. Sobre todo cuando se ha enfrentado la adversidad de la invalidez, como fue su caso.

Ahora no puedo dejar de pensar en la banqueta de la casa de Mamá Lala, -que finalmente fue mi casa también, cuando ella, mi abuela, murió  y heredó la mitad de su casa  a Lala, mi mamá-; la banqueta de la casa de mi mamá fue construida con grandes lozas que un señor arriero trajo de alguna loma cercana, porque yo se lo pedí; recuerdo que dijo que no sabía aún si podría traerlas, porque debía pedir permiso a los espíritus del monte de donde iba a arrancar dichas lajas, para poder traerlas a casa… pasaron casi tres meses y un día vino con una laja grande, una gran piedra de una sola pieza; y me dijo que los espíritus le habían dado permiso para que me trajera a mí dichas piedras… mi mamá le dijo, pero Don Sr x, como que le trajo las piedras a la niña? Si la que se las encargué soy yo y yo soy quien se las voy a pagar, que por cierto, me ha cobrado bastante caro… Y Don Sr. X le contestó, en este asunto el dinero no importa, lo que importa es el permiso que han dado los espíritus del monte, y lo han dado por ella, por la niña; así que, lo que yo cobro es por todos los días que he pasado en el monte para traer esta piedra y los rezos que he tenido que hacer para saber si tenía el permiso o no, no es el valor de la piedra…

Fueron 3 piedras según recuerdo, y dijo que no más, que nunca traería más, a nadie.

Yo sentía protección con esa piedra laja azul, la más grande de todas, que estaba colocada a la salida de la puerta de la calle, fue como un guardián para mi casa.

Continuará:

LAS OTRAS CASAS DE MI BARRIO (La casa del naranjo, La casa de piedras, La del vergel en medio del desierto y otras más)

sábado, 9 de febrero de 2013

LAS CASAS EN QUE HE VIVIDO

Capítulo III


 







                                                                                                                     Entramos a nuestra casa y decimos, uf,  al fin, en casa.

Las casas, vivimos casi siempre en varias casas. Las casas se convierten en parte nuestra, una extensión de nuestro cuerpo; sobre todo las camas y en relación con ellas, las almohadas. Dejar nuestra almohada al viajar es realmente un sacrificio.
Y qué decir de nuestra taza, la reclamamos! Dónde está mi taza, quién tomó mi taza… Seguro que alguien nos sugerirá: “vamos, aquí está ésta taza, ten” Y la miraremos con desconfianza, casi pensando en el atrevimiento de querer ser “mi taza”, pero finalmente, ya con el café caliente y listo para servir, la tomaremos con cierta resignación. Claro que al estar ya saboreando el delicioso Córdoba con Chiapas se nos habrá olvidado “nuestra taza”.
En mi niñez y adolescencia viví en el chalet de ladrillos rojos y después en la casa heredada de la Abuela Lala, de la cual platicaré más adelante. Y casi viví en una casa de dos plantas en San Luis Potosí. Una mañana fuimos a buscarla (estando de visita en esa ciudad) pensando la Familia en regresar a vivir a esa ciudad. Esa no era una casa amistosa. Tan solo al pasar la puerta al interior, hubo un revuelo de aires en la parte media que se fueron hacia el segundo piso en donde se oyeron diversos murmullos y sentí la oposición de la casa.
Era una edificación de principios del 1900 con un espacio en el centro y escaleras a un costado que llevaban al segundo piso que se comunicaba con la planta baja porque había un pasillo a lo largo de las habitaciones que daban vista al espacio central de dicha planta baja. Se veía bonita la estructura y cuando estuviera ya limpia, seguro que su estilo residencial sería soberbio, pero… no querían que estuviéramos dentro. Mamá platicaba con la dueña de dicha casa, quien pedía una renta insignificante, para finalmente decirle que le regalaba tres meses de renta para que así se animara a quitarle el polvo por su cuenta. Ante esta oferta mi mamá avanzó más hacia adentro y el revuelo arriba se intensificó, yo lo veía/sentía y me detuve en seco jaloneando a mi madre del vestido y diciéndole que nos fuéramos de ahí inmediatamente; ella se disculpaba por mí, y seguía intentando subir arriba. Entonces algo le dije que la dueña de casa dijo que era cierto lo que yo decía y le dijo a mi mamá que mejor no rentara la casa, que ya habían intentado vivir en ella pero la gente no duraba ni un mes… y nos fuimos de ahí.
Creo que lo que uno siente, es más cierto que lo que uno ve.
Hoy, lo que me gusta más de mi casa, es mirar por sus ventanas los cerros y las montañas; el cerro de la silla al oriente, en donde a ciertas horas de la mañana y de la tarde, ciertos días, se mira una nubecita casi siempre igual, a veces creo que cubierta con ésa nube, pudiera estar también la casa de algunos extraterrestres.

Continuará…

viernes, 1 de febrero de 2013

LA CARRETA DE LA NIEVE



 
LA CARRETA DE LA NIEVE
Capítulo II Segunda parte
Se oía una campanita seguida del ruido de ruedas rodando y cascos de caballo… era el carretón de la nieve. La elaboraban batiéndola a mano, en garrafas de acero dentro de un barril de madera que contenía hielo y adentro de este barril se le daba vuelta a la garrafa hasta que el la leche con sabor a sabor a vainilla o fresa se convertía en nieve.
Lo confiable de la nieve del carretón  de la nieve, a quien su dueño llamaba La Carreta, era que dicho señor se acompañaba de sus hijitos o de su esposa, así las mamás confiaban el que sus hijos salieran solos al paso de este carruaje. Creo que debo reconocer que sí era una Carreta porque tenía un pequeño techo sobre cuatro mástiles y las orillas del mismo tenían olanes de la misma tela, y flores que adornaban sus costados; me gustaba verla llegar a mi calle porque además el señor de la nieve no circulaba por todas las calles, escogía unas cuantas, como la mía que estaba a cuatro cuadras de la Plaza Principal, (aunque solo había una cuadra más hacia la orilla del pueblo por el lado sur).
La nieve de La Carreta tenía aquel sabor de leche entera, como la que existía en mi niñez, alrededor de 1955. Solo recuerdo dos o tres personas que vendían leche, y eran el Sr. Saunedo, Los Asus y ya en mi juventud Los Siles, y casualmente me tocó ver a los tres echarle agua a la leche, contenida en aquellos depósitos de metal desde donde se vertía directamente a la olla que se llevaba al lugar de expendio. En el caso de los dos primeros vendedores, se colocaban los depósitos de leche en la banqueta y en el caso de los Siles, la llevaban directamente a la casa del comprador en litros de vidrio con una tapa blanca de un cartón ceroso que se compraba para tal efecto por dichos vendedores. Alguna leche de los Siles era tan grasosa que se formaban círculos de mantequilla en la leche cruda, al grado que una vecina suspendió el entrego de leche porque estaba demasiado espesa de crema y mantequilla… “veredes Sancho”!
No debo dejar de platicar aquí de los quesos de leche de vaca y de cabra. Los más sabrosos, los que llevaba Doña Engracia desde su Rancho cercano a Matehuala; se llamaban Panelas y pesaban entre tres y cinco kilos cada uno. En casa hacían tortillas de harina por las tardes, y cada quien, cuando tenía hambre tomaba un pedazo de panela para colocarlo dentro de la tortilla y con un chile de amor-didas y un té de canela, daba cuenta de aquel hambre fomentado por el trabajo y las frescas temperatura y fuertes vientos que se sentían en aquel clima desértico de mi pueblo.
Regresando a la Carreta de nieve, fue una tarde el último día que la vi. Llegaba casi puntual a la una –el señor de la nieve era muy profesional- salí corriendo al oír las campanitas y llegué antes que otras dos niñas, diciéndole con gran júbilo que me diera dos conos de vainilla entregándole un billete de cinco pesos… pero no traía feria, regresé con mamá quien me sugirió que le dijera que mañana se los pagaríamos –éramos clientes seguros-; pero no quiso fiarme la nieve… le insistí, contestándome que mañana regresaría y compraría yo la nieve y le dije, no, mañana usted ya no regresará, por eso quiero comerme el cono de nieve hoy. Ciertamente ese fue el último día que lo vi.